Oculto.
Así te hallé entre los escombros
de la vieja casa
con su jacaranda erguida
bajo el sol de febrero.
Ese lugar, apenas distinguible:
ni memoria, ni tiempo,
ni dulzura.
¿Cómo escapaste
de tu prisión de “acasos” y “quisieras”?
Tomé tu mano apenas,
tus ojos de avellana, tus carrillos
y los pequeños dientes afilados;
casi te puedo ver de nuevo
en el espacio ambiguo de tu frente
donde se arqueaban justas
las cejas que arrancaste en primavera.
¿Cómo estuviste
fuera del tiempo, entre las nubes?
Me sonreíste incierto,
porque los surcos esperpénticos
de tu frugal vacío desparramado
se apoderaron todos de tus ojos;
y yo, que poco sé
del espiral estúpido del viento
me limité a abrazarte entre sollozos
y a solazar tu voz con mis fracasos.
¿Cómo escondiste
toda esta sangre entre tus labios?
Te sujeté despacio
como una pieza delicada
a medio fracturar, apenas rota,
y me encontré en las grietas
que te decoraban
y, sin pensar, apenas reticente
me disolví entre el viento incandescente.
Estoy aquí y estamos,
como la sal de mar entrelazados:
tú con los ojos donde habita el Todo,
yo con las manos, donde muere el Tiempo.
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