Planta un hijo, ten un libro, escribe un árbol.

Categoría: Poesía

Hallazgo

Si este temor incierto
de la costumbre indómita se agrava,
¿qué quedará del tiempo
entre sorpresas necias y estropeadas?
A mí lo que me pasa
es que el señero extremo de tus ojos
me ha dispersado a golpes la distancia:
¿será que sí me miras
o que imagino todo, alborozado?
Me digo mientras tanto
que en el rincón estoico de mi engaño
quizá habitares y crecieres
para el placer espurio de mi mente.
Es que esta izquierda impronta
calando está entre mis neuronas
—donde mejor te alojas y pervives—
acelerando el pulso de mi empeño.
¿Es este hallazgo inquieto
la remisión sensata de mis males?
Porque si tú me miras,
si entre los labios portas mi sustancia,
¿cómo escapar si un día
entre las manos tierna mi añoranza
sujetas solazada?
Y es que un suspiro tuyo,
apenas un respiro acompasado,
podrá verterme en las arenas
del estruendoso mar de tus palabras.

Silencio

Silencio, hermanos míos,
que está fluyendo el tiempo:
silencio, que se azotan los espacios;
el viento ha solazado los empeños,
el polvo ha recubierto la esperanza:
no hay sitio más recóndito que el nuestro.

Silencio, hermanos míos, que se detiene
el trémulo candor de nuestros siglos
Y en un espasmo incierto
el aire esfumará nuestras cadenas.

Silencio, hermanos míos,
que está venciendo el tiempo.
Silencio, que se ahogan nuestros cantos.
El duelo ha sometido los esfuerzos,
el peso ha doblegado nuestras manos.

Silencio, todos callen,
del fondo del abismo, entre el escombro,
Se ha levantado un hilo, una madeja,
un áspero fulgor desdibujado…
Silencio. Silencio. Silencio.

Ausencia

No es un vacío común
de tiempo todo acumulado:
es un espasmo, un continente,
litúrgico y sagaz, desdibujado;
 
es un pedazo apenas
de un mísero momento anestesiado,
un instante detrás de una tormenta,
un huracán delante de una vela.
 
Y es todo y nada al mismo tiempo
en contingente abrazo transformado:
es el dolor punzante y quebradizo,
es un temor ingente, reposado.
 
No es un vacío común
este que habito en medio de la nada,
porque no es más que un cuerpo, una mirada,
una feroz sentencia, un recoveco.
 
Una hondonada,
un valle más sanguíneo que incorrecto:
así es el Todo en el que existo
como un espacio estéril y contrito.
 
No es el vacío común
este sendero eterno y derruido,
es más un resto, una memoria,
una coraza escéptica y espuria.
 
En este modo, en este sitio,
mi corazón palpita a contramarcha
y sin compás, atormentado,
te reconoce apenas oscurece.
 
No es el vacío común, la espera,
de un tiempo imaginado pero incierto:
es un remedo austero
este camino roto e infinito.
 
Y esta metáfora se extiende
y lo que es vacío no lo contiene
como yo no contengo
mi propia e impertérrita sustancia.
 
Y una palabra, un logos,
un algo visceral, un testaferro,
me ha poseído para siempre y nunca:
almeja de coral domesticada. 

Presencia

Oculto.
Así te hallé entre los escombros
de la vieja casa
con su jacaranda erguida
bajo el sol de febrero.
Ese lugar, apenas distinguible:
ni memoria, ni tiempo,
ni dulzura.

¿Cómo escapaste
de tu prisión de “acasos” y “quisieras”?

Tomé tu mano apenas,
tus ojos de avellana, tus carrillos
y los pequeños dientes afilados;
casi te puedo ver de nuevo
en el espacio ambiguo de tu frente
donde se arqueaban justas
las cejas que arrancaste en primavera.

¿Cómo estuviste
fuera del tiempo, entre las nubes?

Me sonreíste incierto,
porque los surcos esperpénticos
de tu frugal vacío desparramado
se apoderaron todos de tus ojos;
y yo, que poco sé
del espiral estúpido del viento
me limité a abrazarte entre sollozos
y a solazar tu voz con mis fracasos.

¿Cómo escondiste
toda esta sangre entre tus labios?

Te sujeté despacio
como una pieza delicada
a medio fracturar, apenas rota,
y me encontré en las grietas
que te decoraban
y, sin pensar, apenas reticente
me disolví entre el viento incandescente.

Estoy aquí y estamos,
como la sal de mar entrelazados:
tú con los ojos donde habita el Todo,
yo con las manos, donde muere el Tiempo.

Vejez

Como sin darme cuenta
el tiempo me pasó encima
y me hice viejo.
No viejo como un árbol
con su tronco milenario
aferrado fuertemente
a la tierra.
No como la montaña
que lo ha visto todo
y todo lo sabe
aunque nunca se mueva.
No como los ríos,
eternos viajeros de agua dulce
que lavan presurosos
las venas del mundo.
Viejo no como los mares
que lo tocan todo
y todo lo humedecen
como lágrimas guardadas
en oleajes de tristezas.

Como sin darme cuenta
el tiempo me pasó encima
y me sentí viejo.
Viejo como el papel
arrugado de un poema
olvidado entre las hojas.
Viejo como un sueño
incumplido, inacabado,
de un soñador cualquiera
que distrajo la meta
y su camino.
Me siento viejo como un vaso
de licor que, no apurado,
se añeja entre sí mismo
y se evapora.
Viejo como el agua
estancada y putrefacta
de un charco enmugrecido
e inocente.
Como el polvo acumulado
de una habitación vacía
y abandonada.
Me sentí tan viejo,
senil sin senectud y a veces
igual de entumecido
que decrépito.
Porque me pasó el tiempo
encima y sin saberlo,
y me creí viejo.
Viejo como el fuego
que abrasa todo y lo devora,
lo destruye.
Como el viento de invierno
sin memoria.
Como la luz de una vela en la mañana
ligera y temblorosa,
moribunda.