Planta un hijo, ten un libro, escribe un árbol.

Autor: Víctor García-Córdova

Vejez

Como sin darme cuenta
el tiempo me pasó encima
y me hice viejo.
No viejo como un árbol
con su tronco milenario
aferrado fuertemente
a la tierra.
No como la montaña
que lo ha visto todo
y todo lo sabe
aunque nunca se mueva.
No como los ríos,
eternos viajeros de agua dulce
que lavan presurosos
las venas del mundo.
Viejo no como los mares
que lo tocan todo
y todo lo humedecen
como lágrimas guardadas
en oleajes de tristezas.

Como sin darme cuenta
el tiempo me pasó encima
y me sentí viejo.
Viejo como el papel
arrugado de un poema
olvidado entre las hojas.
Viejo como un sueño
incumplido, inacabado,
de un soñador cualquiera
que distrajo la meta
y su camino.
Me siento viejo como un vaso
de licor que, no apurado,
se añeja entre sí mismo
y se evapora.
Viejo como el agua
estancada y putrefacta
de un charco enmugrecido
e inocente.
Como el polvo acumulado
de una habitación vacía
y abandonada.
Me sentí tan viejo,
senil sin senectud y a veces
igual de entumecido
que decrépito.
Porque me pasó el tiempo
encima y sin saberlo,
y me creí viejo.
Viejo como el fuego
que abrasa todo y lo devora,
lo destruye.
Como el viento de invierno
sin memoria.
Como la luz de una vela en la mañana
ligera y temblorosa,
moribunda.

Senderos que se bifurcan

Pensé muy seriamente si publicar esta entrada o no. Sucede que no estoy seguro de querer enfrentar lo que pongo aquí y escribirlo, me obliga.

Hace muchos años, casi ocho, tomé un sendero extraño que por entonces me parecía el “mejor camino posible”. Tomé muchas decisiones para ello, con sus dudas y sus miedos. Pero lo tomé.

Esa decisión se correspondía con todo lo que había planificado para mí mismo desde mi lejana adolescencia. Pensé que había encontrado el Santo Grial y que por fin iba a poder lograr todo lo que quería para mí. Y no puedo decir que no fue así, porque de algún modo, lo poco que duró siendo perfecto, lo fue por completo.

Pocos meses después empezaron las dudas. Yo mismo flaqueé en mis intentos de permanecer incólume ante ellas e intenté mimetizarme con ellas. Empecé a decidir voluntariamente cosas que habrían sido impensables para mi yo de hace nueve años.

No me siento orgulloso. Pude abandonar ese camino por lo sano en aquel entonces pero me detuvo un impulso que aún hoy no logro comprender. Una emoción casi infrahumana, casi vomitiva, atorada en el centro del corazón, donde echó raíces. Me convencí a mi mismo de que podía abandonar ese camino a voluntad, pero no fue así.

Muchas cosas pasaron y hoy, casi ocho años después, entiendo al fin mi posición. Me ha dolido mucho pensarlo pero creo que es hora de darme por vencido y abandonar de una vez esta senda que me lleva a ningún sitio. El sábado pasado mis peores temores se volvieron realidad y esa emoción que me perforaba las entrañas, se disolvió como agua en las manos del que la bebe. La ira apareció. Las ganas de romperlo todo, de desollarlo, de destruirlo. La duda razonable permanece, más como un hábito que como una razón. Me tengo que ir.

No puedo seguir este camino que me destruye. Y alguien tiene que dirigirse al otro lado de este sendero que se bifurca. Y tendré que ser yo porque este dolor, este sufrimiento, esta agonía fermentada por años, está a punto de terminar conmigo. Quedan pocos días. No sé qué pasará. No sé qué voy a hacer. No sé ni siquiera como aceptar que aquello que tanto pensé, era cierto.

Me tengo que ir.