Si este temor incierto
de la costumbre indómita se agrava,
¿qué quedará del tiempo
entre sorpresas necias y estropeadas?
A mí lo que me pasa
es que el señero extremo de tus ojos
me ha dispersado a golpes la distancia:
¿será que sí me miras
o que imagino todo, alborozado?
Me digo mientras tanto
que en el rincón estoico de mi engaño
quizá habitares y crecieres
para el placer espurio de mi mente.
Es que esta izquierda impronta
calando está entre mis neuronas
—donde mejor te alojas y pervives—
acelerando el pulso de mi empeño.
¿Es este hallazgo inquieto
la remisión sensata de mis males?
Porque si tú me miras,
si entre los labios portas mi sustancia,
¿cómo escapar si un día
entre las manos tierna mi añoranza
sujetas solazada?
Y es que un suspiro tuyo,
apenas un respiro acompasado,
podrá verterme en las arenas
del estruendoso mar de tus palabras.
Silencio, hermanos míos,
que está fluyendo el tiempo:
silencio, que se azotan los espacios;
el viento ha solazado los empeños,
el polvo ha recubierto la esperanza:
no hay sitio más recóndito que el nuestro.
Silencio, hermanos míos, que se detiene
el trémulo candor de nuestros siglos
Y en un espasmo incierto
el aire esfumará nuestras cadenas.
Silencio, hermanos míos,
que está venciendo el tiempo.
Silencio, que se ahogan nuestros cantos.
El duelo ha sometido los esfuerzos,
el peso ha doblegado nuestras manos.
Silencio, todos callen,
del fondo del abismo, entre el escombro,
Se ha levantado un hilo, una madeja,
un áspero fulgor desdibujado…
Silencio. Silencio. Silencio.
No es un vacío común
de tiempo todo acumulado:
es un espasmo, un continente,
litúrgico y sagaz, desdibujado;
es un pedazo apenas
de un mísero momento anestesiado,
un instante detrás de una tormenta,
un huracán delante de una vela.
Y es todo y nada al mismo tiempo
en contingente abrazo transformado:
es el dolor punzante y quebradizo,
es un temor ingente, reposado.
No es un vacío común
este que habito en medio de la nada,
porque no es más que un cuerpo, una mirada,
una feroz sentencia, un recoveco.
Una hondonada,
un valle más sanguíneo que incorrecto:
así es el Todo en el que existo
como un espacio estéril y contrito.
No es el vacío común
este sendero eterno y derruido,
es más un resto, una memoria,
una coraza escéptica y espuria.
En este modo, en este sitio,
mi corazón palpita a contramarcha
y sin compás, atormentado,
te reconoce apenas oscurece.
No es el vacío común, la espera,
de un tiempo imaginado pero incierto:
es un remedo austero
este camino roto e infinito.
Y esta metáfora se extiende
y lo que es vacío no lo contiene
como yo no contengo
mi propia e impertérrita sustancia.
Y una palabra, un logos,
un algo visceral, un testaferro,
me ha poseído para siempre y nunca:
almeja de coral domesticada.
Oculto.
Así te hallé entre los escombros
de la vieja casa
con su jacaranda erguida
bajo el sol de febrero.
Ese lugar, apenas distinguible:
ni memoria, ni tiempo,
ni dulzura.
¿Cómo escapaste
de tu prisión de “acasos” y “quisieras”?
Tomé tu mano apenas,
tus ojos de avellana, tus carrillos
y los pequeños dientes afilados;
casi te puedo ver de nuevo
en el espacio ambiguo de tu frente
donde se arqueaban justas
las cejas que arrancaste en primavera.
¿Cómo estuviste
fuera del tiempo, entre las nubes?
Me sonreíste incierto,
porque los surcos esperpénticos
de tu frugal vacío desparramado
se apoderaron todos de tus ojos;
y yo, que poco sé
del espiral estúpido del viento
me limité a abrazarte entre sollozos
y a solazar tu voz con mis fracasos.
¿Cómo escondiste
toda esta sangre entre tus labios?
Te sujeté despacio
como una pieza delicada
a medio fracturar, apenas rota,
y me encontré en las grietas
que te decoraban
y, sin pensar, apenas reticente
me disolví entre el viento incandescente.
Estoy aquí y estamos,
como la sal de mar entrelazados:
tú con los ojos donde habita el Todo,
yo con las manos, donde muere el Tiempo.
Como sin darme cuenta
el tiempo me pasó encima
y me hice viejo.
No viejo como un árbol
con su tronco milenario
aferrado fuertemente
a la tierra.
No como la montaña
que lo ha visto todo
y todo lo sabe
aunque nunca se mueva.
No como los ríos,
eternos viajeros de agua dulce
que lavan presurosos
las venas del mundo.
Viejo no como los mares
que lo tocan todo
y todo lo humedecen
como lágrimas guardadas
en oleajes de tristezas.
Como sin darme cuenta
el tiempo me pasó encima
y me sentí viejo.
Viejo como el papel
arrugado de un poema
olvidado entre las hojas.
Viejo como un sueño
incumplido, inacabado,
de un soñador cualquiera
que distrajo la meta
y su camino.
Me siento viejo como un vaso
de licor que, no apurado,
se añeja entre sí mismo
y se evapora.
Viejo como el agua
estancada y putrefacta
de un charco enmugrecido
e inocente.
Como el polvo acumulado
de una habitación vacía
y abandonada.
Me sentí tan viejo,
senil sin senectud y a veces
igual de entumecido
que decrépito.
Porque me pasó el tiempo
encima y sin saberlo,
y me creí viejo.
Viejo como el fuego
que abrasa todo y lo devora,
lo destruye.
Como el viento de invierno
sin memoria.
Como la luz de una vela en la mañana
ligera y temblorosa,
moribunda.
Pensé muy seriamente si publicar esta entrada o no. Sucede que no estoy seguro de querer enfrentar lo que pongo aquí y escribirlo, me obliga.
Hace muchos años, casi ocho, tomé un sendero extraño que por entonces me parecía el “mejor camino posible”. Tomé muchas decisiones para ello, con sus dudas y sus miedos. Pero lo tomé.
Esa decisión se correspondía con todo lo que había planificado para mí mismo desde mi lejana adolescencia. Pensé que había encontrado el Santo Grial y que por fin iba a poder lograr todo lo que quería para mí. Y no puedo decir que no fue así, porque de algún modo, lo poco que duró siendo perfecto, lo fue por completo.
Pocos meses después empezaron las dudas. Yo mismo flaqueé en mis intentos de permanecer incólume ante ellas e intenté mimetizarme con ellas. Empecé a decidir voluntariamente cosas que habrían sido impensables para mi yo de hace nueve años.
No me siento orgulloso. Pude abandonar ese camino por lo sano en aquel entonces pero me detuvo un impulso que aún hoy no logro comprender. Una emoción casi infrahumana, casi vomitiva, atorada en el centro del corazón, donde echó raíces. Me convencí a mi mismo de que podía abandonar ese camino a voluntad, pero no fue así.
Muchas cosas pasaron y hoy, casi ocho años después, entiendo al fin mi posición. Me ha dolido mucho pensarlo pero creo que es hora de darme por vencido y abandonar de una vez esta senda que me lleva a ningún sitio. El sábado pasado mis peores temores se volvieron realidad y esa emoción que me perforaba las entrañas, se disolvió como agua en las manos del que la bebe. La ira apareció. Las ganas de romperlo todo, de desollarlo, de destruirlo. La duda razonable permanece, más como un hábito que como una razón. Me tengo que ir.
No puedo seguir este camino que me destruye. Y alguien tiene que dirigirse al otro lado de este sendero que se bifurca. Y tendré que ser yo porque este dolor, este sufrimiento, esta agonía fermentada por años, está a punto de terminar conmigo. Quedan pocos días. No sé qué pasará. No sé qué voy a hacer. No sé ni siquiera como aceptar que aquello que tanto pensé, era cierto.
Me tengo que ir.
Como un ejercicio escriturario he estado bocetando algunos versos con muy poco éxito. Quiero atribuir tal hecho a la falta de tiempo de calidad para elaborarlos. Pero eso es caer de nuevo en el problema original que me alejó de la escritura.
Ciertamente, marzo ha traído consigo algunas complicaciones entre laborales y personales que me han privado de oportunidades temporales. Por eso, no voy a desaprovechar esta pequeña ventana para ponerme un poco al día. Logré mi cometido de conseguir un dominio propio para mi blog y, aunque no pude traerme el otro acá, pude “empezar” de nuevo con esta idea.
La jacaranda es mi árbol favorito del mundo mundial. Había uno en mi patio cuando nací y fue mi compañero de infancia hasta que las ampliaciones de la casa nos orillaron a arrancarlo de raíz. No fue un evento poco importante: por el contrario, representó la primera pérdida emocional que experimenté en mi corta vida y que entonces me pareció abrumadora. Mi habitación quedó justo encima de lo que una vez fue un tocón con retoños (porque esa jacaranda la cortaron dos veces como si una no hubiera sido lo bastante tremenda).
Hace algunos años, con un proyecto editorial independiente que tenía con mis grandes amigos Mario y Agustín, publicamos un libro compendio de cuentos que titulé curiosamente Bajo la jacaranda y que representaba parte del calostro literario que había conseguido terminar pasada mi segunda adolescencia. Le tengo cariño al librillo porque pertenece a una época de mi vida que no pensé que se convirtiera tan rápido en memoria.
Cuando decidí migrar este blog, me autoplagié el título del libro porque ese concepto “debajo de mi árbol favorito” me sigue resultando un espacio seguro y sano, además de feliz, para escribir. Por lo tanto, aunque el concepto anterior de “El trastero” que justificaba mi desorden literario y le ponía cierto encanto al desastre, me sigue pareciendo útil, preferí decantarme por la certeza de un lugar que no existe y que resguarda mis ánimos infantiles por el sano ejercicio de escribir y pensar.
A manera de homenaje, este espacio lleva el nombre del lugar inexistente más feliz que recuerdo. Porque aunque doloroso el proceso, escribir sigue siendo de las cosas que más disfruto hacer.
Es cuanto.
A navegar tu cuerpo me invitabas
en ese sueño dulce y cristalino,
donde el sudor a este bajel cautivo
por tus escollos tiernos lo llevaba.
Fue tu candor sediento entre las aguas
causa final y espejo de delirio,
que entre las olas, viéndome cautivo,
me rescato a la orilla de la playa.
Y yo nadé tu oceánico deseo
Hasta el coral perlado de tus labios,
bajo la sal sonora de tu nombre:
fui de tu beso víctima y sendero,
y descendí hasta el cáliz de tu encanto
sobre el surco exquisito de tu abdomen.
Eres estrella naciente
de luz espesa y prohibida,
que triste y enardecida
la voz escondes doliente.
Tu piel es suma de lino
y un par de tibios rosales,
que ocultos y memorables,
tus ojos reinan divinos.
Tu cuerpo es manto de cielo,
y un viento vivo tu canto,
relámpago entre tus manos,
ocaso dulce y secreto.
Tu voz es tibio alimento
para estos necios oídos
que rondan en tu delirio
rompiendo a gritos el tiempo.
Tu suave elixir se apresta
y labio a labio se bebe,
que no hay candor que se niegue
Al tacto impar del poeta.
Un verso inquieto navegas,
buscando en tinta palabras
que en lágrimas derramadas
naufragan en tus arenas.
Tu corazón es un río,
escándalo entre cristales
que limpio y apabullante
en presa vive cautivo.
Sal ya del sueño impaciente
y deja libre tu pecho,
porque tu amor entre versos
se nubla y se reblandece.
No te detenga el recuerdo,
y no te frene la aurora,
si acaso el tiempo demora,
no tarda tanto el deseo;
si en ti la flor se ha mostrado,
preciso es fiarte del cielo,
que en cada pétalo añejo
te nombra un verso azulado.
Me reencontré en tu voz, vivificado,
y en tu paciencia atónita, infinita,
redescrubrí la pérdida contrita
del cáliz de tu vientre venerado.
Yo florecí en tu piel, y sin pecado,
me sumergí en tu dermis exquisita
como quien busca a tientas la bendita
fascinación perenne de lo amado.
Qué es mi dolor si no el renacimiento
de las terribles horas en que extraño
tu corazón latiendo junto al mío;
qué es mi temor si no el abatimiento
de estas columnas frágiles al daño
de estar sin ti, sin mí, muerto de frío.